Ser médico… y tener un contrato

Hace unos días la Organización Médica Colegial (OMC) publicó los resultados de la Encuesta sobre la Situación Laboral de los Médicos en España, que recogió datos de los últimos tres años. Las conclusiones que arroja el estudio no son nada alentadoras. Hasta el 50% de los médicos que no tienen una plaza en propiedad en el Sistema Público de Salud trabajan con un contrato en situación de irregularidad o inestabilidad. La media de contratos que un médico en esta situación firma al año es de 5.73, y asciende a 7.64 en aquellos que estaban desempleados en ese momento. Casi la mitad de los médicos en paro lleva más de 6 meses sin trabajar y el 30% lleva más de un año sin hacerlo. El paro de larga duración, lejos de afectar solamente a los más jóvenes, es una realidad entre los veteranos, pues el 46.5% de los desempleados tiene una edad comprendida entre los 40 y los 60 años. Otro problema que ponen encima de la mesa es el paro sumergido, con un 32% de médicos sin trabajo que no están apuntados en las listas de desempleo.

… el 50% de los médicos que actualmente trabajan sin plaza en propiedad en el Sistema Público de Salud lo hacen con un contrato en situación de irregularidad o inestabilidad.

Dicen que el Sistema Nacional de Salud es la mayor empresa de trabajo temporal de España. Por este motivo, desde muchos frentes se está llamando la atención a las administraciones sanitarias sobre una política de recursos humanos nociva, poco sostenible, que se alimenta de contratos de guardias, de semanas, de días, o incluso de horas. Estos hechos impresionan no perturbar el sueño de muchos gestores, que parecen vivir ajenos a la realidad.

La lucha del médico por la firma de un contrato alcanza límites insospechados, como el famoso caso de la anestesista de Valencia que se vio obligada a renunciar a una plaza por la presión de los jefes. Asistimos a un auténtico juego de tronos en las bolsas de trabajo. Muchos compañeros han tenido y tienen que aguantar verdaderos despropósitos —administrativos, laborales e incluso personales— que por miedo o impotencia no se han atrevido a denunciar. Otros, llevan meses e incluso años con la condición de eventual firmando contratos temporales —mensuales, trimestrales…—, para ocupar la misma plaza que es estructuralmente imprescindible dentro del servicio, sin derecho a protestar por miedo a la represalia.

Un médico con un contrato precario representa, en mi opinión, un potencial peligro para el paciente. En la mayoría de especialidades médicas la continuidad asistencial es crucial para asegurar una atención de calidad. Por ilustrar el concepto, quizá el mayor de los despropósitos, en este sentido, lo estén sufriendo nuestros compañeros los médicos de familia. La esencia de la Medicina Familiar y Comunitaria tiene su fundamento en la visión integral del paciente que implica conocerlo en todas sus dimensiones, un abordaje biopsicosocial de la persona y de su contexto familiar. Esta encomiable labor no es automática ni gratuita, sino que exige un trabajo literalmente imposible de llevar a cabo en unos minutos, pues requiere días y muchas veces meses o años de dedicación. Resulta un sinsentido la existencia de médicos nómadas que semana tras semana se ven obligados a enfrentarse a un puesto de trabajo diferente, con nuevos compañeros, nuevos protocolos, nuevos sistemas informáticos y nuevos pacientes que pasarán por la consulta sin pena ni gloria. Tener a profesionales de la atención primaria de la salud trabajando en estas lamentables condiciones es un atentado directo a uno de los pilares fundamentales de nuestro sistema sanitario.

La inestabilidad laboral del médico —como en cualquiera—, no sólo genera desmotivación sino que le impide crecer y desarrollarse. Se amputa toda posibilidad de plantearse un proyecto a medio o largo plazo como meta real en el horizonte. La desmotivación influye negativamente en la adquisición de nuevos conocimientos y actualización de los anteriores, y conduce casi por defecto a una merma en la implicación con el paciente y con el equipo. El profesional corre el riesgo de sentirse excluido del grupo. Aparece la desconfianza hacia otros médicos con situación similar surgiendo tensiones, rifirrafes y falta de compañerismo. El facultativo está más preocupado por saber dónde trabajará pasado mañana que por la labor que desempeñará hoy. Este escenario desfavorable acabará repercutiendo tarde o temprano sobre el resto de la plantilla, traduciéndose en un rendimiento más bajo y un deterioro de la calidad asistencial. Un equipo contento trabaja mucho mejor, es un hecho.

La precariedad laboral de los profesionales sanitarios puede ser que beneficie al gestor, pero a la vista está que no sólo no favorece al paciente, sino que claramente le perjudica. Los responsables de la sanidad tienen un compromiso con la calidad asistencial y el primer requisito o condición para una asistencia de calidad es tener un equipo de profesionales centrados en su trabajo, centrados en el paciente. La solución, por desgracia, no parece estar encima de la mesa: «le vamos a firmar un contrato de 5 minutos y luego ya veremos».

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