La “humanización” de la asistencia sanitaria

¿Qué es humanizar? Según la Real Academia Española humanizar es: 1) Hacer humano, familiar y afable a alguien o algo. 2) Ablandarse, desenojarse, hacerse benigno.

Alguien ha debido percibir en la humanización de la asistencia sanitaria un rentable filón, de lo contrario ¿a qué viene todo este despliegue de medios y puesta en escena? La humanización ya se ha convertido en moda, etiqueta de Twitter y marca comercial propiedad de la casa. Aunque en algunos casos con una intención indiscutiblemente noble, no lo niego, sospecho que para otros tantos no se trata sino de una densa cortina de humo, de color rosa y olor a caramelo. Cabe la posibilidad de que los artífices del germen humanizador no hayan caído en la cuenta de que algunos podamos llegar a sentir cierta confusión por el significado más profundo de la palabra. Humanización es —o debería ser— algo inseparable, obligatorio e intrínseco a la profesión sanitaria.

Reconozco que la palabra es tan atractiva que puede cautivar a cualquiera. Pero creo que puede estar siendo utilizada de manera oportunista. ¿Cuáles son los factores causantes de que la asistencia sanitaria sea inhumana? ¿Qué hace a un hospital paradójicamente un lugar inhóspito? ¿Estamos los profesionales sanitarios deshumanizados y necesitamos que nos humanicen? Cuando los políticos hablan de los planes de humanización, lo primero que se me viene a la cabeza es que unos cuantos héroes vienen a salvar a la población, desvalida, de las afiladas garras de los deshumanizados médicos y las enfermeras malvadas, que tanto perjuicio causan a los pacientes. La etiqueta #humanización corre el riesgo de ser empleada con el fin de transmitir un sentimiento de culpa a los profesionales  —provocado por la mala gestión sanitaria—, que deberán conciliar el ser siempre buenos, amables, felices, empáticos y humanos, con sus condiciones de trabajo cada vez más precarias. Algunos pretenden utilizar la etiqueta #humanización para recordarnos que la vocación es un bien que se paga a coste cero, siempre se puede hacer más con menos. Imaginen el escándalo si a algún lumbrera se le ocurriera decir que tiene un plan para #humanizar la Cruz Roja o Médicos Sin Fronteras. Eso sí, a nadie le llama la atención eso de #humanizar la asistencia sanitaria. Pues oye, a mi sí.

Humanización de la asistencia sanitaria… Hay que reconocer que es un concepto que queda muy dos punto cero, que trasmite buenrrollismo y que ayuda a salir sonriente y bien parado en la foto. Congresos, ponencias, comisiones, notas de prensa, promesas… y algún que otro cargo surgido de la nada, como las nuevas subdirecciones generales de humanización de la asistencia sanitaria. Por un lado me alegra pensar que se hayan dado cuenta de que este barco de la sanidad está tomando un rumbo que no lleva a buen puerto, pero por otro lado me mantengo muy escéptico a que una subdirección general y una etiqueta sean los mecanismos más idóneos para alcanzar una sanidad de calidad que no distinga entre ciudadanos de primera y de segunda. Ha habido mucho tiempo para preocuparse por la deshumanización del sistema en el pasado y sigo pensando que el paciente muchas veces, lejos de ser el protagonista, no es más que un actor de reparto que pasaba por ahí.

En mi cabeza tengo otra idea —quizá equivocada— de lo que es una asistencia sanitaria humana, la que me transmitieron en su día mis maestros. Quizá no esté tan de moda o quizá roce la utopía. Pero son detalles básicos y fundamentales que muchos sanitarios cuidamos día a día, sin una etiqueta que nos lo recuerde. Para mi una atención humana es tocar a la puerta antes de entrar. Llamar al paciente por su nombre. Mirarle a los ojos. Escuchar. Tomarle la mano mientras escucho. Calentar el fonendo antes de auscultar. Preguntarle cómo se siente. Preguntarle qué le preocupa. Sacarle una sonrisa. Y, en definitiva, tratarlo como lo que es, una persona humana —nótese la necesidad de hacer patente la redundancia—. Llegado este punto, seguramente se hayan percatado de que todos esos detalles tienen un denominador común, el tiempo. El tiempo es una de las condiciones sine qua non que define una asistencia sanitaria digna y de calidad. Un médico o una enfermera que van hasta arriba de trabajo no pueden atender al paciente como se merece. Hacer una buena medicina cuesta tiempo y el tiempo, sin lugar a dudas, es una de las mejores inversiones en medicina. Igual nos vendría bien una subdirección general de dedicarle tiempo a la asistencia sanitaria.

Si quieren humanizar, estupendo, ¡humanicen! Pero no lo llamen humanización de la asistencia sanitaria, sino humanización de la política sanitaria. Déjense de contingencias y atiendan lo que hay que atender. No se humaniza con médicos más preocupados en firmar el contrato cada 15 días que en el propio paciente, ni con una enfermería explotada y sin ninguna continuidad asistencial, tampoco con plantillas desmotivadas e infradotadas, externalizaciones a los centros privados, ni con materiales comprados en el chino de la esquina. Se humaniza con más médicos a la cabecera del paciente, una enfermería estable y menos sobrecargada que pueda desempeñar con holgura su labor, menos burocracia innecesaria, unos servicios de urgencias dignos y bien equipados, la protección a ultranza del principio fundamental de equidad y la defensa del paciente por encima de los intereses políticos. Sin etiquetas.

¡Todos somos @mlalanda!

Para el que no lo sepa, Mónica Lalanda es una doctora que además de dedicarse a sus pacientes, es referente en ética médica e ilustradora. Una valiente sin parangón que tiene un blog llamado Medicoacuadros donde expone su opinión, nos hace reflexionar e ilustra aspectos por desgracia cotidianos en el día a día de muchos compañeros de profesión.

Un día, Mónica se hartó de la situación laboral que estaba sufriendo —con razón— y decidió colgar la bata del servicio de Urgencias donde trabajaba: «Querida explotación laboral: te dejo, no cuentes ya conmigo». Esta entrada no refleja en exclusiva la situación de Mónica, sino que con distintos matices, plasma la situación laboral de muchos profesionales sanitarios —que no tenemos la valentía de Mónica para denunciar públicamente el maltrato de la administración al que estamos sometidos, repercutiendo en última instancia sobre el paciente—.

Como consecuencia directa de esa reflexión personal, la que por cierto fue viralmente aplaudida en las redes sociales por profesionales, pacientes e incluso autoridades sanitarias; el ilustre Colegio Oficial de Médicos de Segovia ha tenido a bien abrirle un expediente disciplinario amparándose en el Código de Ética y Deontología Médica. Esto puede suponerle la suspensión de su ejercicio profesional durante un año. En la entrada «mi expediente disciplinario» lo explica Mónica con todo lujo de detalles.

Que yo recuerde, los Tribunales de Honor fueron formalmente prohibidos en el artículo 26 de la Constitución Española. Además, un colegio profesional no es quién para juzgar a nadie por el uso de su libertad de expresión, que es un derecho fundamental. Me gustaría pensar que el colegio de Segovia dedica tanta energía y ahínco en denunciar la situación laboral de los médicos colegiados en su región, como se ha esforzado en intentar acallar a Mónica Lalanda. De momento, lo único que han logrado con tamaña insensatez es incurrir en un ataque al honor de la doctora y una merma en su propia reputación como institución.

Al Colegio Oficial de Médicos de Segovia le digo que ¡YO SOY @mlalanda! ¡Todos somos @mlalanda!

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Ser médico… y tener un contrato

Hace unos días la Organización Médica Colegial (OMC) publicó los resultados de la Encuesta sobre la Situación Laboral de los Médicos en España, que recogió datos de los últimos tres años. Las conclusiones que arroja el estudio no son nada alentadoras. Hasta el 50% de los médicos que no tienen una plaza en propiedad en el Sistema Público de Salud trabajan con un contrato en situación de irregularidad o inestabilidad. La media de contratos que un médico en esta situación firma al año es de 5.73, y asciende a 7.64 en aquellos que estaban desempleados en ese momento. Casi la mitad de los médicos en paro lleva más de 6 meses sin trabajar y el 30% lleva más de un año sin hacerlo. El paro de larga duración, lejos de afectar solamente a los más jóvenes, es una realidad entre los veteranos, pues el 46.5% de los desempleados tiene una edad comprendida entre los 40 y los 60 años. Otro problema que ponen encima de la mesa es el paro sumergido, con un 32% de médicos sin trabajo que no están apuntados en las listas de desempleo.

… el 50% de los médicos que actualmente trabajan sin plaza en propiedad en el Sistema Público de Salud lo hacen con un contrato en situación de irregularidad o inestabilidad.

Dicen que el Sistema Nacional de Salud es la mayor empresa de trabajo temporal de España. Por este motivo, desde muchos frentes se está llamando la atención a las administraciones sanitarias sobre una política de recursos humanos nociva, poco sostenible, que se alimenta de contratos de guardias, de semanas, de días, o incluso de horas. Estos hechos impresionan no perturbar el sueño de muchos gestores, que parecen vivir ajenos a la realidad.

La lucha del médico por la firma de un contrato alcanza límites insospechados, como el famoso caso de la anestesista de Valencia que se vio obligada a renunciar a una plaza por la presión de los jefes. Asistimos a un auténtico juego de tronos en las bolsas de trabajo. Muchos compañeros han tenido y tienen que aguantar verdaderos despropósitos —administrativos, laborales e incluso personales— que por miedo o impotencia no se han atrevido a denunciar. Otros, llevan meses e incluso años con la condición de eventual firmando contratos temporales —mensuales, trimestrales…—, para ocupar la misma plaza que es estructuralmente imprescindible dentro del servicio, sin derecho a protestar por miedo a la represalia.

Un médico con un contrato precario representa, en mi opinión, un potencial peligro para el paciente. En la mayoría de especialidades médicas la continuidad asistencial es crucial para asegurar una atención de calidad. Por ilustrar el concepto, quizá el mayor de los despropósitos, en este sentido, lo estén sufriendo nuestros compañeros los médicos de familia. La esencia de la Medicina Familiar y Comunitaria tiene su fundamento en la visión integral del paciente que implica conocerlo en todas sus dimensiones, un abordaje biopsicosocial de la persona y de su contexto familiar. Esta encomiable labor no es automática ni gratuita, sino que exige un trabajo literalmente imposible de llevar a cabo en unos minutos, pues requiere días y muchas veces meses o años de dedicación. Resulta un sinsentido la existencia de médicos nómadas que semana tras semana se ven obligados a enfrentarse a un puesto de trabajo diferente, con nuevos compañeros, nuevos protocolos, nuevos sistemas informáticos y nuevos pacientes que pasarán por la consulta sin pena ni gloria. Tener a profesionales de la atención primaria de la salud trabajando en estas lamentables condiciones es un atentado directo a uno de los pilares fundamentales de nuestro sistema sanitario.

La inestabilidad laboral del médico —como en cualquiera—, no sólo genera desmotivación sino que le impide crecer y desarrollarse. Se amputa toda posibilidad de plantearse un proyecto a medio o largo plazo como meta real en el horizonte. La desmotivación influye negativamente en la adquisición de nuevos conocimientos y actualización de los anteriores, y conduce casi por defecto a una merma en la implicación con el paciente y con el equipo. El profesional corre el riesgo de sentirse excluido del grupo. Aparece la desconfianza hacia otros médicos con situación similar surgiendo tensiones, rifirrafes y falta de compañerismo. El facultativo está más preocupado por saber dónde trabajará pasado mañana que por la labor que desempeñará hoy. Este escenario desfavorable acabará repercutiendo tarde o temprano sobre el resto de la plantilla, traduciéndose en un rendimiento más bajo y un deterioro de la calidad asistencial. Un equipo contento trabaja mucho mejor, es un hecho.

La precariedad laboral de los profesionales sanitarios puede ser que beneficie al gestor, pero a la vista está que no sólo no favorece al paciente, sino que claramente le perjudica. Los responsables de la sanidad tienen un compromiso con la calidad asistencial y el primer requisito o condición para una asistencia de calidad es tener un equipo de profesionales centrados en su trabajo, centrados en el paciente. La solución, por desgracia, no parece estar encima de la mesa: «le vamos a firmar un contrato de 5 minutos y luego ya veremos».

El órdago de los jefes del SMS

Los jefes de servicio del Servicio Murciano de Salud (SMS) están en pie de guerra. Bueno, todos no, sólo más de 40. Estos señores -y señoras, si es que hay alguna- han lanzado un órdago en boca de la consejera de Sanidad Encarna Guillén. Con palabras apocalípticas, tales como la “gran conmoción” para el sistema o el “impacto” para los pacientes, han conseguido meterme el miedo en el cuerpo. Según rezan las escrituras, el éxodo de los jefes va a suponer “un menoscabo” para el sistema sanitario público y los ciudadanos con menos poder adquisitivo van a ser los primeros en sufrir las consecuencias -para variar-. La corneja ha volado hacia la izquierda, se augura un mal presagio.

Vayamos por partes. Creo que van de farol, hay un exceso de ego demasiado grande para que se consumen las amenazas. Además, seguro que hay soluciones intermedias. Ni todo es tan blanco, ni tan negro. Si me equivoco, cabe la posibilidad de que la situación no resulte tan dramática, pues dice el refrán que a rey muerto, rey puesto. Por suerte hay médicos en paro para sustituir a los que se van. Nadie es imprescindible, ni siquiera estos señores jefes de servicio que tanto bien han hecho por la sanidad Murciana. No dudo que se les recordará como tal, si procede. Tampoco me parece descabellado poner una placa conmemorativa por sus servicios prestados. Sentido común. ¿A quién no le parece sospechoso que un gestor pueda trabajar en lo público y en lo privado, sin aprovecharse de su posición? Todo quisque entiende sin demasiado esfuerzo que don Vicente del Bosque no pueda entrenar al mismo tiempo a la Selección Española y a la Selección de Italia. Es como si un caballero jedi perteneciera a los dos lados de la fuerza. Imposible, no concibo un sable blaugrana.

Imaginen que los jefes fueran lo más recto, leal, justo y honesto del mundo. Aunque sólo fuera por un segundo, se me antoja que la debilidad humana es tal que hasta un incorruptible jefe podría caer en la tentación. En la tentación de favorecer a la empresa de la chaqueta y la corbata, claro está. O la tentación de no esforzarse del mismo modo en ambos horizontes. Al igual que todos caemos en otras tentaciones de vez en cuando, como la de la industria farmacéutica. Y el que no, que levante la mano.

Quizá de lo que más se resiente mi retina ha sido de tener que leer el siguiente párrafo redactado en La Opinión:

«Esta medida no sólo va a tener un impacto en el SMS, por lo que supondría de reestructuración, sino también en los ciudadanos –a los que se les limitaría la posibilidad de acceder a profesionales de primera– y en la libertad del personal»

Y este similar, publicado en La Verdad:

Eso supondría “un menoscabo” para el Servicio Murciano de Salud y para los pacientes, según la consejera, ya que “impediría que personas sin recursos económicos puedan acceder a ser atendidos por profesionales de prestigio”

Tiene bemoles el comentario. Los profesionales de cuarta división, como yo, exigimos un respeto. Conociendo a mis compañeros de profesión, les aseguro que las personas sin recursos económicos están a salvo -mientras el SMS asegure su asistencia sanitaria-. Quizá no estemos hablando de reputados galenos de primera llenos de medallas, laudes y protagonistas de canciones de gesta, sino más bien de héroes anónimos que trabajan de sol a sol y no saben decir que no, les echen lo que les echen. Ya que he mencionado las medallas y demás trofeos, sepan que las jefaturas -por lo general- no son obtenidas por el miembro del equipo que mejor gestiona, el que más sabe, ni siquiera por el que más y mejor trabaja, sino por el que más canas tiene o mayor afinidad muestra por el omnipotente dedo del altísimo -con minúscula-. Si algún día me pongo malo, por probabilidad prefiero que me atienda un médico de campaña que el jefe de servicio, por lo que pueda pasar. Así que ya saben.

Hay jefes buenos, buenísimos, pero estos son curiosamente los que menos ruido hacen. Los mejores jefes son los más humildes, los que darían la vida por sus pacientes. Los que se enfrentan cada día a los afilados cuernos del político de turno. Los que no admiten distinción del resto del equipo, no les incomoda ponerse el mono de trabajo ni remar con el mismo ahínco o más si cabe, con los peores remos y en la misma barca que sus compañeros. Los que se preocupan por sus residentes, médicos del presente y del futuro. Los mejores jefes no recelan de la primera línea de batalla. Los mejores jefes no ven en el dinero su prioridad. En definitiva, los buenos jefes escasean y sí, quizá no estén bien pagados. Nunca podrán ser buenos jefes aquellos que viven con angustia el no poder lucirse al tiempo en la pública y en la privada, con el respetable objetivo de alimentar su bolsillo y por qué no, su ego.